Cerrando puertas

junio 27, 2008

Me pesaban las manos.
Al fondo la puerta esperaba abierta,
la calle miraba hacia adentro. Husmeaba.
¿Podía entonces haber alguna otra alternativa?
Refrescarse- dije y mis oídos latían.

No había sol. Los autos pasaban,
se les veía más rápidos.
La puerta seguía abierta.
Adentro entre paredes y mucho aire,
un terrible eco y mucho más aire.
Levanté los libros, ¡sardinas!
Sacudí un par de polos blancos,
unos jeans arrugados,
y los eché en mi mochila.
Cómo olvidar mi cuaderno de notas
y ese lápiz mal tajado.
Mis películas –pensé.
El eco se sentía cada vez más.

“Hoy dejo el vecindario”, casi susurrando.
Volví la mirada y de nuevo la puerta,
esta vez la puerta cerrada y arriba una ventana.
Me quedé mirándola sin mucha fortuna
hasta que mi bota golpeó una piedra.
Con la mano llena alcé la mirada,
arriba esa ventana y al hombro mi mochila.

Me mudé a: http://cierraslapuertaporfuera.wordpress.com/


Mi viaje en “The Darjeeling Limited”

mayo 25, 2008

Entre almohadas, periódicos y controles remotos, hoy vi “The Darjeeling Limited”. Tres hermanos enfrentados y en procesos de cura emocional y luto emprenden un viaje espiritual por la India. Uno mandón, otro manso y emotivo, el tercero un “Don Juan” en proceso de maduración. Es de esas películas que te hacen mirar hacia adentro y luego hacia el lado. Al final me imaginé con mi hermano y tres hermanas; todos abrazados y vestidos de blanco alrededor de una fogata en Indonesia, recordando y celebrando con nuestras mejores sonrisas lo unida que -a pesar de todo- es nuestra familia. Algo que de todos modos tendremos que hacer.

Estas son mis cuatro escenas favoritas de la película.

Opening

El entierro

Conflictos resueltos

Closing song

Este post también lo puedes leer en: http://quentineses.wordpress.com/.


Un puerto para Carver

mayo 23, 2008

Raymond Carver caminando cerca a su casa en Port Angeles (1984).

Orilla de piedras. Castañeo. Azul y mar se confunden con horizonte y cielo. El Vancouver Ferry entre bolicheras y botes a vela. Nombres como Mary Ann o Catherine adornan proas que llegada la tarde anuncian el fin de jornadas de pesca y salmones. En tierra firme las ostras, ostiones y langostinos se sirven al vapor de cerveza; el salmón muchas veces ahumado y la carne de venado en guiso. El restaurante Cornerhouse siempre tan casual como sus asientos de vinilo. Llegando a la esquina un dispensador de The Seattle Times aguarda solitario. Con el viento de cómplice, el sonido de ferias y carruseles de caballos blancos resulta inconfundible. Tanto como la inmensidad verde del Olympic Nacional Park. Ahí, entre bosques y bayas salvajes los caminantes en la ladera del río deciden tomar un reparador té sobre el césped. Un letrero informa,“Port Angeles. Population: 18,397”. Hogar de Raymond Carver, fuente de matices pop para sus relatos y celebración eterna en sus poemas.


Con todos los dedos (y pies y rodillas) de furia

mayo 23, 2008

Hasta donde recuerdo -y dejando de lado los “apanados” de colegio- nunca golpeé a alguien en el suelo. Con mayor razón si no es la forma más civililzada de “convencer” a una persona sobre algo. Si es por simples ganas de quebrar narices o reventar riñones, para eso están las peleas de “vale todo”. No es mi ruta para solucionar diferencias en todo caso.

Pero siempre hay excepciones a la regla. Cinco excepciones que transforman la expresión de mi cara. Debo reconocer que estos personajes me convierten en un especie de verdugo en potencia. Ganas de torturalos a mi gusto nunca me faltarán. De hecho, estos individuos serían los perfectos actores para un snuff film.

– Laura Bozzo. Hablar de Alastor, Astaroth, Azazel, Belcebú, Leviatán, Lucifer, Luzbel, Satanás y demás demonios es referirse a ella.
– El presidente de Ecuador, Rafael Correa. Un mequetefre con sonrisa de aristócrata-wanna-be.
– Alberto Beingolea, el “gnomo transparente”. Su bigotito se lo arrancaría con pinzas, pelo por pelo.
– Ricardo Arjona. Merecedor de una tortura de cuatro decadas. Y más creo.
– Marcelo Ríos. Para empalarlo vivo después de varios puntazos en los pómulos.

Lo mejor de todo es que no tendría cargo de consciencia en absoluto. En cambio, me compraría una pizza para ver el video y repetirlo control en mano. Una y otra vez.


B…L…A…A…U…W…

septiembre 22, 2007

Prestar atención le resultaba un reto. Era como si cada minuto decidiera entre estar despierto o soñar frente al mar. El resto no importaba. Cuando le mencionaron el nombre pensó que quizás no quería estar ahí. Le sonó difícil, pero dejó pasar el momento. “Es sudafricano”, había dicho el sommelier en un español marcado por sílabas nasales. Ese acento extranjero no le resultaba difícil de descifrar y a pesar de ello durante ese minuto prefirió seguir despierto. Atento. No importaba si estaba a punto de escoger un vino o cualquier vino, no importaba mucho la preferencia de ella, no importaba mucho si ustedes tienen unos vinos sudafricanos que resultan buenísimos. Conocía el acento, lo sabía desde la primera pronunciación.

La elección le recordó las veces que había tomado una decisión por atención a detalles, otros detalles. Ese minuto se transportó a la vida de un niño en Vannes, cerca de algún castillo del valle de Loire o en un verde campo de la Bretagne. Su visita a esos lugares también pasó por su mente. Nunca había estado en Sudáfrica y tampoco le importaba. Ese acento era tan fácil, pero era de todos modos a lo que prefería prestarle atención. Había resonado mucho más en sus oídos que lo largo y casi impronunciable del nombre del vino. Igual sólo importaba el acento. De todos modos ya lo tenía. Lo tuvo desde un principio.

Pasaron de la barra a una esquina donde la luz parecía iluminar solamente las etiquetas pegadas sobre la mesa. Él agudizó la vista, pero no sobre ella. No le molestaba que la botella y su etiqueta le dieran la espalda. Tomaron casi sin darse cuenta. Cuando la botella marcó un tercio de su contenido ella tomaba agua. Él sirvió lo último sobre su copa y reflexionó. Esta vez a lo que en realidad prestó atención no fue siquiera el cuerpo del vino, ni sus taninos, ni su astringencia. Fue algo sobre la etiqueta: el nombre que tan raro había sonado al principio.

“Soy bueno con series de números y letras”, le dijo antes de retarla a que recordaría el nombre sin errores. Luego de que ella le mostrara la etiqueta por apenas unos segundos -no más de tres- volteó y mirándola esta vez a los ojos repitió sin titubear una a una: B, L, A, A, U, W, K, L, I, P, P, E, N. Le resultó tan fácil como decirle al sommelier que sin duda era francés. Después de todo, no era para tanto y ella parecía no saberlo.


Alquimia Dance

septiembre 16, 2007

Lo que el vino, The Boys Are Back in Town de fondo y mucha alegría pueden generar en mí. Por supuesto, con mi Ipod de complice y una camerawoman preferente.

Nota: los offbeats están justificados por el efecto de las copas y el pudor.