Archive for septiembre, 2007

B…L…A…A…U…W…

septiembre 22, 2007

Prestar atención le resultaba un reto. Era como si cada minuto decidiera entre estar despierto o soñar frente al mar. El resto no importaba. Cuando le mencionaron el nombre pensó que quizás no quería estar ahí. Le sonó difícil, pero dejó pasar el momento. “Es sudafricano”, había dicho el sommelier en un español marcado por sílabas nasales. Ese acento extranjero no le resultaba difícil de descifrar y a pesar de ello durante ese minuto prefirió seguir despierto. Atento. No importaba si estaba a punto de escoger un vino o cualquier vino, no importaba mucho la preferencia de ella, no importaba mucho si ustedes tienen unos vinos sudafricanos que resultan buenísimos. Conocía el acento, lo sabía desde la primera pronunciación.

La elección le recordó las veces que había tomado una decisión por atención a detalles, otros detalles. Ese minuto se transportó a la vida de un niño en Vannes, cerca de algún castillo del valle de Loire o en un verde campo de la Bretagne. Su visita a esos lugares también pasó por su mente. Nunca había estado en Sudáfrica y tampoco le importaba. Ese acento era tan fácil, pero era de todos modos a lo que prefería prestarle atención. Había resonado mucho más en sus oídos que lo largo y casi impronunciable del nombre del vino. Igual sólo importaba el acento. De todos modos ya lo tenía. Lo tuvo desde un principio.

Pasaron de la barra a una esquina donde la luz parecía iluminar solamente las etiquetas pegadas sobre la mesa. Él agudizó la vista, pero no sobre ella. No le molestaba que la botella y su etiqueta le dieran la espalda. Tomaron casi sin darse cuenta. Cuando la botella marcó un tercio de su contenido ella tomaba agua. Él sirvió lo último sobre su copa y reflexionó. Esta vez a lo que en realidad prestó atención no fue siquiera el cuerpo del vino, ni sus taninos, ni su astringencia. Fue algo sobre la etiqueta: el nombre que tan raro había sonado al principio.

“Soy bueno con series de números y letras”, le dijo antes de retarla a que recordaría el nombre sin errores. Luego de que ella le mostrara la etiqueta por apenas unos segundos -no más de tres- volteó y mirándola esta vez a los ojos repitió sin titubear una a una: B, L, A, A, U, W, K, L, I, P, P, E, N. Le resultó tan fácil como decirle al sommelier que sin duda era francés. Después de todo, no era para tanto y ella parecía no saberlo.

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Alquimia Dance

septiembre 16, 2007

Lo que el vino, The Boys Are Back in Town de fondo y mucha alegría pueden generar en mí. Por supuesto, con mi Ipod de complice y una camerawoman preferente.

Nota: los offbeats están justificados por el efecto de las copas y el pudor.

Like Sunday

septiembre 15, 2007

Nunca tan fiel al sentimiento clandestino de una ciudad: cielo serio y sin respuestas, ladrillos que sólo parecen ocultar los últimos acopios de carbón, gente incapaz de vestir gamas de colores diferentes al gris reflejada sobre las aceras y en donde hablar de la primera gota de lluvia es hablar de toda la lluvia. Para acercarnos a eso sólo hay uno: Morrisey. Después de todo, la ‘M’ de Manchester le pertenece.

My way

septiembre 12, 2007

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Mi primer día cerca al canal recordé otros mares como nunca antes. El mar estaba cerca después de mucho tiempo. Un repentino olor apareció, ese olor fundido con sol sobre mi cara y brazos. Quizás la misma sensación de cuando estuve en Olbia, sin la embestida de tristeza que sólo cierto tipo de soledad te permite. Los yates desfilaban frente a mí y frente a todos los que ahí almorzábamos. Frente a quienes nos sentíamos seguros de estar pasando un rato de libertad frente al mar. Tras la columna de arquitectura colonial, como en un encuadre desenfocado de segundo plano, se veía una hilera interminable de embarcaciones esperando su turno.

Durante los años ochenta, mi estancia en la playa generaba un sinnúmero de sensaciones y recuerdos cada Marzo de regreso a clases: heladeros en uniformes amarillos, parachoques cromados donde de vez en cuando se reflejaba el sol hacia mis ojos, el helado de agua chorreando sobre mi antebrazo, el sabor salado de mis labios. A veces dormía en casa de los suegros de mi hermano hasta que se hartaban de mí. Me despertaba –cuando dormía en casa de algún amigo improvisado- para desayunar una soda de naranja con un chancay. Entonces había amigos cuando me acercaba al mar. Como también los hubo durante los noventa y estos últimos años. Ahora cuando pienso en acercarme al mar y la arena, lo hago para disfrutar del sol y huir de la gente, del tumulto, de una ciudad gris y en algunos casos también de los amigos. La luz solar revitaliza mi ánimo y lo que es mejor, me sincroniza con el mundo. Había dejado de ir por cansancio, porque creo que todo merece un descanso y mi romance con el mar y la arena también mereció uno.

Todos esos momentos de arena bajo los pies, de conversaciones con las olas del mar de banda musical me hacían pensar si este debería ser mejor que los anteriores. Para eso hay que entender lo que significa para alguien nacer en una ciudad cerca al mar. La escena era repetida: sentado en un bistrot almorzando unas tapas y tomando una cerveza cuyo cuerpo brillaba atravesado por el sol y que parecía ser la misma que la de aquella tarde en Cerdeña. Esta vez había además una cajetilla de cigarrillos y un libro de cuentos.

Parecía ser la brisa marina la que pasaba las páginas de mi libro, como sabiendo el momento exacto. Al fondo, cerca a una muchacha morena de brazos cruzados una banda adulta tocaba My Way en ritmo folk. Mientras el órgano eléctrico seguía mandando en la escena, todo parecía una premonición, inclusive la cercanía del mar.

Llamé al mozo y no tuve suerte. Sin preocupación, seguí leyendo. La necesidad de tomar café con un cigarro no era tan urgente. Sin embargo, al instante apareció la morena de estilo retro. Me atendió con un evidente acento caribeño. El aire, sin embargo, lo sentí incompleto, faltaba algo desde un inicio. Luego de un amable permiso, sus espaldas me marcaron el regreso a las páginas. Al cabo de unos pocos minutos, regresó con mi capuccino. Ella y no el mozo.

– ¿Y qué está leyendo?-me preguntó.
Guerra a la luz de las velas. Es un libro de cuentos. Relata hechos de una época que viví cuando era más joven- respondí sin haber esperado algo más que el café caliente sobre mi mesa.

Esto es lo primero que recuerdo de ella: sus lentes parecían para otra cara, para otra época; sus ojos eran alegres y sus cejas gruesas y delineadas. Caminaba moviendo las caderas exageradamente. El opaco maquillaje sobre su piel era claramente menos protagonista que sus anteojos. Sobre mi mano, en cambio, mi cigarrillo era el mayor protagonista.

– A mí también me gusta leer. Por eso me llamó la atención- continuó decidida.
– Bueno si te gusta leer, te recomiendo este libro. Es de un joven escritor peruano que escribe en The New Yorker y Harper’s.

La atmósfera y sus réplicas seguían incompletas, más aún luego de mis últimas palabras. Si sus palabras no parecían significar su significado, sus ojos sólo comunicaban inocencia. Me preguntó por un par de libros cuyos nombres y autores no recuerdo. Ni siquiera el sentido exclamativo de sus frases me convenció, algo que no encajaba con su amabilidad. Necesitaba encender el cigarrillo. Ella seguía interesada en continuar con la tertulia sobre literatura y libros, a su manera, no a la mía. Cada vez yo era más consciente del cigarrillo entre mis dedos, pero ella seguía pensando en el autor del libro que me imagino que si te gustan los cuentos lo habrás leído, ¿no?

– ¿Tienes fuego, por favor?- le dije casi con el cigarrillo sobre la boca, los labios apretados, la mandíbula tensa.

Fue casi un escupitajo, abrupto y sin querer, sin intención. Pensaba entonces cómo disfrutaría hablando de cuentos con ella, esta vez con la escena completa. La muchacha no tardó mucho y regresó –siempre con la sonrisa amable y el tono suave- para encender mi cigarrillo. Lo hizo y se excusó para luego alejarse. Mientras, yo esperaba que regresara para prestarle ahora sí atención a sus palabras.

Se ubicó en su espacio, cruzó los brazos y siguió su rutina de trabajo de anfitriona. Detrás de ella seguía bailando una pareja adulta, él sonrosado, ella asiática. Bailaban pegados y tomados de las manos, siguiendo el ritmo instrumental de la banda. Un pájaro se paró en una silla al lado de mi mesa, más cerca de lo normal. Luego de graznar, giró la cabeza y voló libre hacia el mar. De fondo, alguien parecía cantar I did it my way.

Las corredoras

septiembre 12, 2007

Las corredoras de bienes raíces: casi siempre en pareja, con sandalias veraniegas, la cartera sobre el hombro derecho, inevitablemente con un celular (o dos) en la mano y dispuestas de todo corazón a ayudarte a conseguir lo mejor con el tono de voz más maternal que se pueda escuchar. Sin embargo, el uso que le dan al celular es diferente, como si tuviesen que atender a cada instante llamadas urgentes de personajes importantes, de clientes extranjeros con altos cargos directivos o como esperando la hora acordada para comenzar con el guión en voz alta. Y es que siempre la llamada del cliente que por casualidad, pura casualidad quiere hacer una oferta por el mismo departamento que uno está viendo (y no se dan cuenta que sólo un idiota pasaría por alto tan poca capacidad histriónica). Hasta pareciera que tuviesen un lenguaje secreto, una especie de código Navajo. Hablan en voz alta con otras “expertas” que si ella dice que no hay departamentos de ese precio en la zona que buscas, es por que no hay, hijo. Se advierten con la mirada unas a otras cuando sin querer alguna confiesa o está a punto de confesar la verdad. Pero ¿por que tanta estrategia si tan sólo quiero alquilar un departamento? digo yo.