Archive for enero, 2007

Señor, ¿me oyó?

enero 29, 2007

Señor, ¿me oyó?-Oiga señor -le digo.

El señor no contesta, casi siempre está de espaldas. En realidad nunca contesta, sólo habla cuando necesita patear la soledad y escucha cuando recuerda que escuchaba. Sus canas asoman sobre una cabeza de frente amplia y lisa. Poco pelo, desordenado, de viejo, de payaso bueno de circo. Sobre las orejas un aparatillo.

-¿Señor? -más alto que antes.

Ahora el viejo cada vez más doblado habla, no responde pero habla. Está hablando solo, de espaldas siempre, como mostrando su caparazón en señal de defensa -inconsciente. Si lo muestra es por algo, por algo dentro de sí o producto de su entorno, de los otros payasos, quizá la mujer o los hijos. Me recuerda al papá de un amigo que rastrillaba un fusil invisible ante alguna amenaza, no la de la guerra con Ecuador que permanecía escondida en su inconsciente, si no la de la guerra actual, la guerra contra el olvido y la falsa memoria.

El señor viejo ahora voltea. Sus palabras sobre vegetales encurtidos engreidos y sobre chilenos armándose hasta los cogotes hijos de mil putas se cortan. Su mirada también se corta. Voltea y pinta una mirada como pinta un pincel con pintura blanca sobre fondo blanco. Sus ojos pueden reconocer pero no quieren reconocer, depende del día, depende de mí.

-Hola -murmulla.

Quiero atraverme a decirle cómo está, pero no puedo, quizá por algún recuerdo, quizá sea porque soy yo mismo. Sólo respondo con un “hola” seco, simple, vacío, desnutrido, escupido casi, más por deshacerme de una palabra indeseada en el fondo de mi mente que por ganas, ni por pocas ganas.

-Te has enterado que va a llover mucho este verano -agrega el viejo como recordando que ya no está hablándole a los pájaros (que cree lo escuchan, que sólo lo escuchan pero con mucha atención).
-No se. Sí creo, en el norte ¿no?.
-En todo el Perú. Parece que este “Niño” va a ser más jodido…¡qué calor! ¿Sabes que ayer casi llegamos a los treinta y cinco grados?.
-No sabía -buscando mi jugo de naranja.

El caparazón parece haberse movido, como si se hubiese alojado en otro cuerpo. El viejito bueno ahora está dispuesto a hablar con atención. No a responder, pero sí a hablarle a alguien humano, probablemente sus últimos intentos conscientes para ello. Está parado atento, encorbado con las piernas blancas venosas y la espalda pesada. Las canas son cordiales ahora, provoca acariciarlas. Provoca abrazarlo con la fuerza de los recuerdos como a un padre y abuelo.

Lamentablemente el caparazón está del otro lado, siempre de algún lado siempre.

“¿Sabe usted señor que lo quiero?”, pienso y me voy dándole ahora yo la espalda.

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El hechizo Tintín

enero 28, 2007

Tintn y MilúHoy leí un artículo nostágico de Fernando Savater sobre Tintín y su embrujo aventurero en el que encontré muchos lugares comunes referidos a mis placeres de niño. Savater cuenta que “le debo a Tintín un regalo maravilloso: con sus álbumes aprendí a leer en francés”, algo que sin darme cuenta ocurrió conmigo también. La forma en que me sedujo y envolvió el enigma Tintín fue sin embargo la causa, uno de los efectos fue el idioma.

Me veo sentado en la biblioteca de mi colegio con una edición en francés de El templo del sol, que probablemente esperé dos semanas hasta que la devolviera algún alumno boy scout aplicadillo en francés, con mayor pasión por captar palabras en idioma extranjero que por la viñeta mágica de Tintín y como dice Savater por “un universo paralelo, un minucioso espejismo al que uno puede irse a vivir por un rato o quizá intimamente para siempre”. Mejor explicación no podría dar; mi atención era profundamente fiel, comprometida con la historia y no con los globitos en francés (belga por cierto) de cada página que leía. Muchos niños entraban y salían rápidamente, unos en shorts y gordos, otros con las medias hasta la rodilla, siempre con los colores distintivos del único uniforme escolar de la época. Pero sólo pocos sabían de la magia real de Tintín. Al fondo tras el mostrador, parado con la pausa provinciana y los anteojos tristes, el profesor Macedonio al mando de la logística de los libros que tenía detrás. Los más pedidos: los de Tintín. “Uy, tendrás que esperar un par de semanas porque la lista de espera está larguita”, decía.

A diferencia de Savater, yo no podía comprar una historia de Tintín en el kiosko o alguna librería cercana (él las compraba en Biarritz o Hendaya, ¡vaya diferencia!). Lo único que me ofrecía el kiosko de la esquina, al que acudía domingo a domingo, eran historietas de la mexicana Editorial Novaro: Archi, Supermán, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, entre muchas más. Conseguir una edición del hijo de Hergé no fue tarea fácil por años, incluso hasta en etapa adulta: recuerdo de hecho haber comprado mis primeros Tintín en Santiago de Chile durante un viaje de vacaciones veinteañeras con un grupo de grandes amigos. El único Tintín que ya formaba parte de mi colección, El asunto Tornasol, me lo había regalado mi hermano, quién sabe cómo lo había conseguido.

Los personajes de Tintín no eran comerciales (se hicieron sólo dos adaptaciones cinematográficas con actores reales), no eran de Disney. Sus lectores eramos fieles al estilo convencional de sus historias, con mundos parelelos que tienen mucho del nuestro, donde los viajes por el mundo -y en particular el mundo per se- eran un atractivo fantasioso para los que soñabamos (en shorts) sobre un mapamundi con una mochila donde sólo cabía una manzana más roja que redonda, una libreta de notas, una cámara de fotos y un sólo Tintín, el favorito. Quizá el mayor atractivo es lo que menciona Savater “El planeta se le queda pequeño, como a cualquiera de nosotros: y a pesar de todo, sabemos que para ser feliz nunca hubiera necesitado salir de casa”. Tintín era feliz en Moulinsart, en los Himalayas del Tíbet o en Perú al lado de la tumba de Ráscar Capac. Yo era (soy) feliz con sus aventuras (una “pequeña felicidad” más para mi lista), con las que viajaba desde la comodidad de mi sala, rodillas sobre la alfombra, codos sobre el sillón.

Al igual que Savater, el enigma de Tintín me posee al punto de creer y recordar sus personajes como amigos de la infancia. Además del protagonista especie de Indiana Jones formal, recuerdo al profesor Tornasol, el perro Milú, los hermanos Hernández y Fernández y por supuesto al mayor insultador de la historia del comic: el capitán Haddock.

Sin lugar a dudas todos ellos fueron parte importante de las primeras aventuras de mi vida.

Tiburosaurio

enero 25, 2007

Esto fue muy extraño.

Fotografiar una especie en vías de extinción ya es raro, por lo que me imagino la probabilidad de fotografiar -o siquiera ver- un animal de una especie extinta y además en movimiento: ¿de hecho existe alguna posibilidad de ver en vida algo supuestamente extinto?. Mayor sería la chance de divisar un OVNI girando sobre nuestros pies mientras se descansa en la terraza del jardín (y esto porque en nuestros tiempos me imagino más fácilmente a alienígenas achechando por nuestras calles que a un velociraptor vivo respirándome sobre la nuca presto a covertirme en una masa de carne sin aderezar).

Un tiburón primitivo de una rara especie fue recientemente divisado al sur de Tokio luego de la alarma de un pescador. La criatura de 1.6 metros, considerada un “fósil viviente” que habita 600 metros bajo el mar, estaba aparentemente enferma. Murió horas después luego de ser trasladada a una piscina de agua de mar donde fue filmada y fotografiada.

No me queda duda que existe vida en otros planetas.

Una memoria de rubgy

enero 23, 2007

Jonny WilkinsonSidney. 83 mil espectadores copando el Telstra Stadium. Se jugaba la final de la Copa Mundial de Rugby 2003.

Últimos treinta y cinco segundos y el marcador señalaba:

Inglaterra 17 – Australia 17

El desenlace final del encuentro y en especial la narración explosiva son de esos recuerdos “ojos-bien-redondos-mandíbula-de-cerámica-boquiabierto-piel-erizada-de-mono-respiración-en-pausa-eterna-parado-sin moverme” que dejó mi paso por Gran Bretaña.

El video habla por sí solo.

Conversaciones (oliendo) en "Juanito"

enero 20, 2007

Barranco

Ayer decidí levantar mi veto de años a Barranco. Motivado por la esperanza de encontrarme con alguien en especial, le pedí a un amigo que me acompañara a la bodega bar Juanito y si quedaban ganas a la discoteca Dragón, que dicho sea de paso yo no conocía.

“Al Juanito se viene los martes y miércoles”, me aclaró un primo que encontramos en la puerta de entrada.

Yo no estaba enterado ni de los mejores días para ir a comer un asado y tomar una cerveza a Juanito, ni que en Barranco aún se podía respirar el espíritu de una taverna amable, con identidad, libre -más que muchos lounge bar restaurants miraflorinos- y llena de gente dispuesta a ser y estar en un lugar como son y están frente a sus espejos. Como le dije a mi amigo “he desperdiciado la calidez de este lugar por años”, estos son los lugares que te llevan al contacto con la vida y de donde uno obtiene no sólo información de las personas, paredes, anaqueles, posters, sino también sabiduría. Sabiduría de calle, de esquina, de vida.

Soy muy sensible identificando olores, disfrutándolos y rechazándolos. Ayer en Juanito no me enfrenté a ninguna de esas dos alternativas: simplemente olí y asocié. Mientras olía iba completando la escena del bar, como si estuviese describiendo de manera onmisciente -y simultánea- mi propio guión. En El perfume de Patrick Süskind el sentido del olfato lleva de manera casi involuntaria a Jean-Baptiste Grenouille a cometer su primer crimen en un torpe intento por capturar el olor exquisito de una joven. La noche de ayer en cambio mi sentido del olfato fue el instrumento voluntario para completar la escena: una mezcla de cebolla con jamón, sudor con cerveza, madera húmeda con acido úrico, humor corporal con aire cargado.

Los tres tuvimos una conversación en la que fui más oyente que partícipe -mi primo habló el setenta porciento del tiempo porque es su esencia y porque lo dejamos. Creo que fue una noche con conclusiones relevantes, no necesariamente por los temas que hablamos, más bien por la satisfacción de haberme reencontrado con la realidad, con un bar donde la esencia es la gente -y no sus apariencias-, con olores que dejé atrás en los noventas y con aquellos posters promocionales empapelando las paredes. De hecho la experiencia sensorial circundante fue la que me distrajo por momentos -muchos- de la conversación.

Hablamos de la civilización actual y su eminente decadencia; de la pena de muerte y Saddam Hussein; de los sistemas educativos ideales (quiero confirmar si en los colegios de Uruguay sólo se estudia cuatro horas al día); de la libertad gramatical en la literatura; de Marco Aurelio Denegri y su erudicción sobre los gallos de pelea; de la diferencia entre tratado y ensayo (no me quedó clara por cierto); de Rousseau -mi primo se declaró rousseauiano (sic), pero aún no entiendo por qué-; de la diferencia entre información y conocimiento; de la gestión de recursos humanos y la selección de personal; de horas-nalga (métrica por la que mi primo dice que le pagan en su oficina); del desarrollo y formación de la personalidad de los individuos; de relaciones padre divorciado-hija. En general fuimos libres de hablar y escuchar sobre lo que nos provocaba en el momento. Algo que extrañaba desde hace mucho tiempo.

No se si hasta ayer fui injusto con Barranco porque aún creo que le falta mucho por mejorar y convertirse en lo que alguna vez fue, pero sí puedo asegurar que descubrí un lugar al que iré a intentar recuperar todo el tiempo que perdí. Por lo menos los martes y miércoles.

Laberintos y encrucijadas

enero 17, 2007

Laberinto medievalLa RAE define la palabra “laberinto” en su principal acepción como “lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida”. No aclara nada sobre la forma, ni el número de caminos o direcciones para llegar al destino.

En inglés la palabra labyrinth está referida a una estructura elaborada de pasajes y caminos con un único camino (“unicursal”) y se diferencia claramente de la palabra maze“, que es una estructura compleja y confusa de caminos que desafía al ingenio para encontrar la ruta correcta. Es decir, el termino “maze” se refiere a múltiples rutas y salidas, donde la solución no es una sola. Mientras el primer caso es usualmente una estructura concéntrica, el segundo puede tomar formas indistintas (especialmente en los puzzles).

Hay diversos tipos de laberintos (como se entiende “labyrinth” en inglés), pero los más conocidos son los medievales por su forma (ver ilustración) y los barrocos por sus salidas truncas y pasajes engañosos. Desde épocas medievales el término “laberinto” se ha asociado a una especie de trampa para espíritus malévolos o a una representación gráfica de ritos o peregrinaje: el camino desde el nacimiento (entrada) hacia Dios (centro), por ejemplo. El patrón topológico es sin embargo el mismo: la forma de llegar a la salida o centro de la estructura.

Estar dentro de un laberinto no es nada agradable -menos si uno es claustrofóbico y peor si hay un Minotauro esperando. De todos modos, aconsejo lo siguiente si se presenta la circunstancia -en realidad o sueños: apoyar la mano derecha sobre la pared de la derecha (o la mano izquierda sobre la pared de la izquierda) e internarse avanzando sin levantar la mano de la pared. Si se continúa de esta forma tarde o temprano se llega a la salida (siempre y cuando sea un “maze” de un solo camino).

Si en cambio uno descubre el centro, estará dentro de un laberinto clásico donde quizás lo este esperando una bestia mitad humano, mitad toro. Para este caso lo más recomendable es haber usado el ovillo de hilo de Ariadna.