Like Sunday

septiembre 15, 2007

Nunca tan fiel al sentimiento clandestino de una ciudad: cielo serio y sin respuestas, ladrillos que sólo parecen ocultar los últimos acopios de carbón, gente incapaz de vestir gamas de colores diferentes al gris reflejada sobre las aceras y en donde hablar de la primera gota de lluvia es hablar de toda la lluvia. Para acercarnos a eso sólo hay uno: Morrisey. Después de todo, la ‘M’ de Manchester le pertenece.

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My way

septiembre 12, 2007

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Mi primer día cerca al canal recordé otros mares como nunca antes. El mar estaba cerca después de mucho tiempo. Un repentino olor apareció, ese olor fundido con sol sobre mi cara y brazos. Quizás la misma sensación de cuando estuve en Olbia, sin la embestida de tristeza que sólo cierto tipo de soledad te permite. Los yates desfilaban frente a mí y frente a todos los que ahí almorzábamos. Frente a quienes nos sentíamos seguros de estar pasando un rato de libertad frente al mar. Tras la columna de arquitectura colonial, como en un encuadre desenfocado de segundo plano, se veía una hilera interminable de embarcaciones esperando su turno.

Durante los años ochenta, mi estancia en la playa generaba un sinnúmero de sensaciones y recuerdos cada Marzo de regreso a clases: heladeros en uniformes amarillos, parachoques cromados donde de vez en cuando se reflejaba el sol hacia mis ojos, el helado de agua chorreando sobre mi antebrazo, el sabor salado de mis labios. A veces dormía en casa de los suegros de mi hermano hasta que se hartaban de mí. Me despertaba –cuando dormía en casa de algún amigo improvisado- para desayunar una soda de naranja con un chancay. Entonces había amigos cuando me acercaba al mar. Como también los hubo durante los noventa y estos últimos años. Ahora cuando pienso en acercarme al mar y la arena, lo hago para disfrutar del sol y huir de la gente, del tumulto, de una ciudad gris y en algunos casos también de los amigos. La luz solar revitaliza mi ánimo y lo que es mejor, me sincroniza con el mundo. Había dejado de ir por cansancio, porque creo que todo merece un descanso y mi romance con el mar y la arena también mereció uno.

Todos esos momentos de arena bajo los pies, de conversaciones con las olas del mar de banda musical me hacían pensar si este debería ser mejor que los anteriores. Para eso hay que entender lo que significa para alguien nacer en una ciudad cerca al mar. La escena era repetida: sentado en un bistrot almorzando unas tapas y tomando una cerveza cuyo cuerpo brillaba atravesado por el sol y que parecía ser la misma que la de aquella tarde en Cerdeña. Esta vez había además una cajetilla de cigarrillos y un libro de cuentos.

Parecía ser la brisa marina la que pasaba las páginas de mi libro, como sabiendo el momento exacto. Al fondo, cerca a una muchacha morena de brazos cruzados una banda adulta tocaba My Way en ritmo folk. Mientras el órgano eléctrico seguía mandando en la escena, todo parecía una premonición, inclusive la cercanía del mar.

Llamé al mozo y no tuve suerte. Sin preocupación, seguí leyendo. La necesidad de tomar café con un cigarro no era tan urgente. Sin embargo, al instante apareció la morena de estilo retro. Me atendió con un evidente acento caribeño. El aire, sin embargo, lo sentí incompleto, faltaba algo desde un inicio. Luego de un amable permiso, sus espaldas me marcaron el regreso a las páginas. Al cabo de unos pocos minutos, regresó con mi capuccino. Ella y no el mozo.

– ¿Y qué está leyendo?-me preguntó.
Guerra a la luz de las velas. Es un libro de cuentos. Relata hechos de una época que viví cuando era más joven- respondí sin haber esperado algo más que el café caliente sobre mi mesa.

Esto es lo primero que recuerdo de ella: sus lentes parecían para otra cara, para otra época; sus ojos eran alegres y sus cejas gruesas y delineadas. Caminaba moviendo las caderas exageradamente. El opaco maquillaje sobre su piel era claramente menos protagonista que sus anteojos. Sobre mi mano, en cambio, mi cigarrillo era el mayor protagonista.

– A mí también me gusta leer. Por eso me llamó la atención- continuó decidida.
– Bueno si te gusta leer, te recomiendo este libro. Es de un joven escritor peruano que escribe en The New Yorker y Harper’s.

La atmósfera y sus réplicas seguían incompletas, más aún luego de mis últimas palabras. Si sus palabras no parecían significar su significado, sus ojos sólo comunicaban inocencia. Me preguntó por un par de libros cuyos nombres y autores no recuerdo. Ni siquiera el sentido exclamativo de sus frases me convenció, algo que no encajaba con su amabilidad. Necesitaba encender el cigarrillo. Ella seguía interesada en continuar con la tertulia sobre literatura y libros, a su manera, no a la mía. Cada vez yo era más consciente del cigarrillo entre mis dedos, pero ella seguía pensando en el autor del libro que me imagino que si te gustan los cuentos lo habrás leído, ¿no?

– ¿Tienes fuego, por favor?- le dije casi con el cigarrillo sobre la boca, los labios apretados, la mandíbula tensa.

Fue casi un escupitajo, abrupto y sin querer, sin intención. Pensaba entonces cómo disfrutaría hablando de cuentos con ella, esta vez con la escena completa. La muchacha no tardó mucho y regresó –siempre con la sonrisa amable y el tono suave- para encender mi cigarrillo. Lo hizo y se excusó para luego alejarse. Mientras, yo esperaba que regresara para prestarle ahora sí atención a sus palabras.

Se ubicó en su espacio, cruzó los brazos y siguió su rutina de trabajo de anfitriona. Detrás de ella seguía bailando una pareja adulta, él sonrosado, ella asiática. Bailaban pegados y tomados de las manos, siguiendo el ritmo instrumental de la banda. Un pájaro se paró en una silla al lado de mi mesa, más cerca de lo normal. Luego de graznar, giró la cabeza y voló libre hacia el mar. De fondo, alguien parecía cantar I did it my way.


Las corredoras

septiembre 12, 2007

Las corredoras de bienes raíces: casi siempre en pareja, con sandalias veraniegas, la cartera sobre el hombro derecho, inevitablemente con un celular (o dos) en la mano y dispuestas de todo corazón a ayudarte a conseguir lo mejor con el tono de voz más maternal que se pueda escuchar. Sin embargo, el uso que le dan al celular es diferente, como si tuviesen que atender a cada instante llamadas urgentes de personajes importantes, de clientes extranjeros con altos cargos directivos o como esperando la hora acordada para comenzar con el guión en voz alta. Y es que siempre la llamada del cliente que por casualidad, pura casualidad quiere hacer una oferta por el mismo departamento que uno está viendo (y no se dan cuenta que sólo un idiota pasaría por alto tan poca capacidad histriónica). Hasta pareciera que tuviesen un lenguaje secreto, una especie de código Navajo. Hablan en voz alta con otras “expertas” que si ella dice que no hay departamentos de ese precio en la zona que buscas, es por que no hay, hijo. Se advierten con la mirada unas a otras cuando sin querer alguna confiesa o está a punto de confesar la verdad. Pero ¿por que tanta estrategia si tan sólo quiero alquilar un departamento? digo yo.


Con ‘M’ de Meteoro

agosto 25, 2007

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Una tarde de 1981. Sentado frente a nuestra primera televisión a colores espero la secuencia de trompetas que da inicio a Meteoro. Una mano con guante de cuero mostaza gira la llave, mueve la palanca de cambios y enciende un rugiente motor. Luego, el curioso timón del Mach 5 en primer plano. Las trompetas aceleran el ritmo y comienza el coro “Here he comes, here comes Speed Racer…go Speed Racer, go Speed Racer, go Speed Racer, go on!” Al final de la introducción, Meteoro se presenta al lado de su auto sobre una automovilístiquísima bandera de cuadrados rojos y amarillos. Si el propio opening era emocionante, el contenido de cada episodio era tan bueno como ver El Chavo del Ocho mientras daba sorbos a una taza de leche con Milo y masticaba unas tostadas con mantequilla. Perdonen la nostalgia.

Recuerdo sus pantalones ceñidos y largos hasta el tobillo estilo Beck, la vanidad en esencia de su camiseta con la solapa hacia arriba a lo Elvis y ese pañuelo rojo alrededor del cuello, que al margen de un estilo propio, sacaba a relucir una curiosa –o estrámbotica, sobre todo para un niño limeño– sensibilidad. El contraste de ser un prodigioso corredor de autos y un ser humano común y silvestre, con todas sus debilidades (y es que Meteoro, traumatizado por la desaparición voluntaria de su hermano-héroe, tenía una psicología más compleja que cualquier circuito que le pusieran enfrente), me hacía sentir que todos podíamos ser como él: un héroe admirado por una linda chica sobre una recurrente imagen de triunfo.

Meteoro era el James Bond de los niños porque siempre salía ganando, incluso frente al temerario Equipo Acrobático: las sonrisas de todos sus integrantes eran espeluznantes. Pocas veces sentí tanta tensión como cuando el Equipo Acrobático atacaba haciendo alarde a su nombre: trepas, volteretas, saltos, giros de infalibles saltimbanquis en cuatro llantas. Siempre juntos y maquiavélicamente sincronizados, pudieron llamarse también el Escuadrón Combi.

Cuando tenía diez años y estaba ad portas del primer amor, creerse Meteoro era de hecho una alternativa de peso. Recuerdo haber soñado que huía en el Mach 5 con Tracy Hyde en la romantiquísima escena final de la película Melody (1971), conmigo como personaje principal reemplazando a Mark Lester, el recordado Oliver Twist. Solo había algo que me molestaba de todo esto, además del pañuelito rojo, claro. El casco y mi camiseta mantenían la ‘M’ y la ‘G’ y yo no sabía qué cuernos significaba eso.

¿Por qué Meteoro tenía una ‘G’ sobre su camiseta? En un principio –de la misma forma como creí que la M sobre su casco se refería a Meteoro–, asocié la ‘G’ a “Ganador” o “Genio”. A pesar de su origen japonés, la serie que vimos todos usaba vocablos en inglés y su nombre en ese idioma era Speed Racer. Es decir, un enredo. La ‘S’ en la camiseta de Bujía era obvia (bujía se dice spark en inglés), pero ¿por qué el Corredor Enmascarado, el hermano mayor de Meteoro, también sacaba pecho con una inmensa ‘M’ roja? Me pregunté qué podía unirlos de manera que ambos usen la misma letra. La deducción fue rápida luego de aplicar un poco de lógica: el apellido. El problema es que nunca escuché mencionarlo en ningún idioma. Con los años desistí y por salud mental preferí recordarlo únicamente en español. Y con M de Meteoro.

HERMANOS SOBRE RUEDAS

En la serie Heroes, la compleja relación de los hermanos Petrelli encierra secretos, ambiciones ocultas, rencores y confianza a medias, pero a pesar de todo se basa en un contacto cercano –bueno o malo, pero al fin cercano- entre hermanos. Entre Meteoro y Rex la situación difiere en que no existe una relación en esencia, y menos de una forma recíproca (sólo Rex sabe quién es quien). Sin embargo, ambos sienten afecto hacia el otro: Meteoro añora la presencia de Rex; Rex en cambio transfiere ese afecto a un sentido protector. Pocos saben que el Corredor Enmascarado, o sea Rex, era además un agente secreto de la Policía Internacional con sede en París. Por eso y por la vergüenza de sentirse desprestigiado por su propio padre –sucede que se robó su auto y encima se fue a competir sin ningún tipo de entrenamiento porque quería ser campeón mundial–, es comprensible que se autoexcluyera del núcleo familiar. Así se lo dijo una vez frente a frente. Lástima que Meteoro estuviera desmayado y no se enterara de nada. Aún así, su constante reflexión de compromiso con su añorado hermano hacía evidente la cósmica conexión entre ambos. “Rex, donde quiera que estes, te prometo ser el mejor piloto de carreras del mundo y hacerte sentir orgulloso por tu hermano menor”, pensaba cada vez que lo sentía cerca.

Julio de 2007. Hoy en día, los autos y las carreras de F1 o rally son unas de mis pasiones. Quien sabe si fue por la rápida afinidad que tuve con él. Lo cierto es que ahora la fiebre Meteoro está de regreso, y junto con ella, mis dudas. Felizmente ahora existe Lord Google y Lady Wikipedia para salvarnos. El verdadero nombre de Meteoro es Gō Mifune. Tatsuo Yoshida, creador de la manga original llamada Mach Go Go Go, no ocultó su admiración por el actor japonés Toshiro Mifune, a quien rindió homenaje con este famoso dibujo animado. Por fin, a mis 35 años, puedo caminar seguro por la calle con mi polo de Meteoro e incluso objetar las afirmaciones más estúpidas: “La M es por Mach 5, ¿no?”.


Canon rock

julio 28, 2007

Un prodigio de la guitarra.

Sin palabras.


Es fácil ser un superhéroe (pero no en Lima)

julio 22, 2007

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De chico me pregunté por qué los héroes y superhombres nacían o se formaban siempre en el hemisferio norte. Hace unos días me llegaron las dos primeras revistas de mi suscripción a Mental Floss, con lo que creo finalmente encontré a mi favorita y pude entender el por qué de mi interrogante. Uno de sus artículos trata sobre lo fácil que sería convertirse en superhéroe en nada menos que cinco pasos (al menos en Estados Unidos). Comencé a leerlo y me pareció una broma, luego me di cuenta de que la información era 100% verídica.

Paso 1: Brazos superbiónicos. Conocida como la “Operación de Tommy John”, la reconstrucción del ligamento colateral medial del codo consiste en implantar un injerto fibroso para aumentar la estabilidad del brazo durante el movimiento. En 1974, luego de una fuerte lesión, el beisbolista Tommy John estaba condenado a colgar los guantes; sin embargo su persistencia hizo que el Dr. Frank Jobe le propusiera una solución que a la postre le permitió seguir en carrera por 14 años más. Hoy en día, 1 de cada 9 pitchers de la Major League ha sido sometido a esta operación, la que les permite aumentar la velocidad de sus lanzamientos entre 12 y 14 kilometros por hora. Esperemos que ningún doctor se haga rico sometiendo a nuestros huelguistas y “choligangs” a esta operación. Ahí si, ni el Chapulín Colorado nos salva.

Paso 2: Cuerpo elástico. Es posible aumentar la flexibilidad del cuerpo con inyecciones de hialuronano. En 1934, un oftalmólogo de la Universidad de Columbia descubrió que había una sustancia en los globos oculares de las vacas que ayudaban a que mantengan su forma gracias a su elevado grado de viscosidad. Su uso en seres humanos no llegó hasta 1972. En la actualidad se usa para evitar cicatrices post-operatorias o para reducir las arrugas faciales. No es difícil pensar que el Hombre Plástico de los 4 Fantásticos haya sido adicto al hialuronano para mantenerse joven y terminar siendo lo que es.

Paso 3: Superoídos. Incrementar la capacidad auditiva a niveles supernaturales fue el tema de la exhibición “Future of Hearing” en Londres, en la que se presentaron muchos dispositivos de tecnología avanzada. Uno de ellos, Mimicking fish, es un diminuto aparato que usado en la oreja graba los últimos 10 segundos de cualquier conversación y los reproduce al pasar la mano al lado del oído. Mi papá estaría feliz con esto; al menos podría seguir nuestras conversaciones en la mesa.

Paso 4: Terapia de genes super poderosos. En 1998, H. Lee Sweeney de la Universidad de Pennsylvania presentó un estudio sobre como los músculos de un ratón podían ser potenciados a través de la genética. Su idea era aplicar la ciencia para tratar personas con desordenes genéticos. Sin embargo, quienes tocaron su puerta fueron atletas, fisicoculturistas, corredores, y hasta un equipo entero de fútbol americano. El truco estaba en inflitrar un virus para luego desarrollar genéticamente células que puedan sobreponerse al mismo. Suena simple, pero es mucho más complicado de lo que parece. Pensar en un mutante con capacidad de autosanarse me recuerda que todavía tengo varios episodios pendientes de la primera temporada de Heroes.

Paso 5: Implantes en el cerebro. Una compañía americana, Cyberkinetics Neurotechnology Systems, probó exitosamente un implante computarizado del tamaño de una aspirina, el BGNIS (Brain-Gate Neural Interface System). El aparato, que se implanta en la parte del cerebro que controla los movimientos, está siendo empleado para mejorar la vida de parapléjicos o personas inmovilizadas. Con este dispositivo pueden encender y apagar luces, leer emails, ajustar sus camas, entre otras cosas. Me pregunto si el BGNIS podría solucionar mi obsesión compulsiva de dar media vuelta con el auto para asegurarme de que cerré la puerta del garage al salir.

Después de hacer un recorrido mental a nuestra Lima, no es difícil imaginar por qué no hay superhéroes salvándonos de algún crimen o peligro inminente. Usualmente todo superhéroe está expuesto a un nivel de avance tecnológico que en Lima ni siquiera soñamos tener de acá a veinte años. No tenemos plantas nucleares, ni laboratorios de aceleradores de electrones, menos centros de estudios alienígenas. A lo mucho podemos aspirar a un Hulk mitad hombre mitad lechuga hidropónica (y claro, sería verde también) o a un Transformer construido con combis parchadas y varios Volkswagen escarabajo de los sesentas.

Si a eso le sumamos todas las cosas insoportables a las que estamos expuestos en el día a día -la pendejada criolla, la falta de civismo, el tráfico agresivo-, es fácil deducir la cantidad de superhéroes buscando trabajo en Lima.