My way

septiembre 12, 2007

istock_000003902264xsmall.jpg

Mi primer día cerca al canal recordé otros mares como nunca antes. El mar estaba cerca después de mucho tiempo. Un repentino olor apareció, ese olor fundido con sol sobre mi cara y brazos. Quizás la misma sensación de cuando estuve en Olbia, sin la embestida de tristeza que sólo cierto tipo de soledad te permite. Los yates desfilaban frente a mí y frente a todos los que ahí almorzábamos. Frente a quienes nos sentíamos seguros de estar pasando un rato de libertad frente al mar. Tras la columna de arquitectura colonial, como en un encuadre desenfocado de segundo plano, se veía una hilera interminable de embarcaciones esperando su turno.

Durante los años ochenta, mi estancia en la playa generaba un sinnúmero de sensaciones y recuerdos cada Marzo de regreso a clases: heladeros en uniformes amarillos, parachoques cromados donde de vez en cuando se reflejaba el sol hacia mis ojos, el helado de agua chorreando sobre mi antebrazo, el sabor salado de mis labios. A veces dormía en casa de los suegros de mi hermano hasta que se hartaban de mí. Me despertaba –cuando dormía en casa de algún amigo improvisado- para desayunar una soda de naranja con un chancay. Entonces había amigos cuando me acercaba al mar. Como también los hubo durante los noventa y estos últimos años. Ahora cuando pienso en acercarme al mar y la arena, lo hago para disfrutar del sol y huir de la gente, del tumulto, de una ciudad gris y en algunos casos también de los amigos. La luz solar revitaliza mi ánimo y lo que es mejor, me sincroniza con el mundo. Había dejado de ir por cansancio, porque creo que todo merece un descanso y mi romance con el mar y la arena también mereció uno.

Todos esos momentos de arena bajo los pies, de conversaciones con las olas del mar de banda musical me hacían pensar si este debería ser mejor que los anteriores. Para eso hay que entender lo que significa para alguien nacer en una ciudad cerca al mar. La escena era repetida: sentado en un bistrot almorzando unas tapas y tomando una cerveza cuyo cuerpo brillaba atravesado por el sol y que parecía ser la misma que la de aquella tarde en Cerdeña. Esta vez había además una cajetilla de cigarrillos y un libro de cuentos.

Parecía ser la brisa marina la que pasaba las páginas de mi libro, como sabiendo el momento exacto. Al fondo, cerca a una muchacha morena de brazos cruzados una banda adulta tocaba My Way en ritmo folk. Mientras el órgano eléctrico seguía mandando en la escena, todo parecía una premonición, inclusive la cercanía del mar.

Llamé al mozo y no tuve suerte. Sin preocupación, seguí leyendo. La necesidad de tomar café con un cigarro no era tan urgente. Sin embargo, al instante apareció la morena de estilo retro. Me atendió con un evidente acento caribeño. El aire, sin embargo, lo sentí incompleto, faltaba algo desde un inicio. Luego de un amable permiso, sus espaldas me marcaron el regreso a las páginas. Al cabo de unos pocos minutos, regresó con mi capuccino. Ella y no el mozo.

– ¿Y qué está leyendo?-me preguntó.
Guerra a la luz de las velas. Es un libro de cuentos. Relata hechos de una época que viví cuando era más joven- respondí sin haber esperado algo más que el café caliente sobre mi mesa.

Esto es lo primero que recuerdo de ella: sus lentes parecían para otra cara, para otra época; sus ojos eran alegres y sus cejas gruesas y delineadas. Caminaba moviendo las caderas exageradamente. El opaco maquillaje sobre su piel era claramente menos protagonista que sus anteojos. Sobre mi mano, en cambio, mi cigarrillo era el mayor protagonista.

– A mí también me gusta leer. Por eso me llamó la atención- continuó decidida.
– Bueno si te gusta leer, te recomiendo este libro. Es de un joven escritor peruano que escribe en The New Yorker y Harper’s.

La atmósfera y sus réplicas seguían incompletas, más aún luego de mis últimas palabras. Si sus palabras no parecían significar su significado, sus ojos sólo comunicaban inocencia. Me preguntó por un par de libros cuyos nombres y autores no recuerdo. Ni siquiera el sentido exclamativo de sus frases me convenció, algo que no encajaba con su amabilidad. Necesitaba encender el cigarrillo. Ella seguía interesada en continuar con la tertulia sobre literatura y libros, a su manera, no a la mía. Cada vez yo era más consciente del cigarrillo entre mis dedos, pero ella seguía pensando en el autor del libro que me imagino que si te gustan los cuentos lo habrás leído, ¿no?

– ¿Tienes fuego, por favor?- le dije casi con el cigarrillo sobre la boca, los labios apretados, la mandíbula tensa.

Fue casi un escupitajo, abrupto y sin querer, sin intención. Pensaba entonces cómo disfrutaría hablando de cuentos con ella, esta vez con la escena completa. La muchacha no tardó mucho y regresó –siempre con la sonrisa amable y el tono suave- para encender mi cigarrillo. Lo hizo y se excusó para luego alejarse. Mientras, yo esperaba que regresara para prestarle ahora sí atención a sus palabras.

Se ubicó en su espacio, cruzó los brazos y siguió su rutina de trabajo de anfitriona. Detrás de ella seguía bailando una pareja adulta, él sonrosado, ella asiática. Bailaban pegados y tomados de las manos, siguiendo el ritmo instrumental de la banda. Un pájaro se paró en una silla al lado de mi mesa, más cerca de lo normal. Luego de graznar, giró la cabeza y voló libre hacia el mar. De fondo, alguien parecía cantar I did it my way.

Anuncios

3 comentarios to “My way”

  1. peregrino Says:

    Y siempre queremos que sea así My Way…. no siempre nos sale, pero lo importante resulta intentarlo…. prefiero jugar perdiendo con mis reglas que jugar un juego que no es mio.

    Un fuerte abrazo desde Lima la Gris, deja que el sol te sincronice con el mundo nuevamente.

    Nos leemos.

  2. Morochia Says:

    Post muy oportuno en este momento de mi vida. Hace un par de días me encontré con una persona que hacia varios meses no veía. Él, alguien muy especial para mí, dejó fluir la conversación de manera casual, yo quise llevarla a mi manera, y lo hice, fue así como un comentario poco adecuado, pero certero, salió de mi boca. Esas palabras las dije a mi manera, premeditadamente. Dudo que un nuevo encuentro sea posible…

    Suelo pasar seguido por aquí, pero hoy comento por primera vez…
    Saludos!

  3. Alquimista Says:

    Peregrino: el sol por estos lares es energizante. Ya estoy casi en sincronía. Te mantendré al tanto.

    Morochia: gracias por tu comentario y bienvenida siempre.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: