Combatiendo el primer día de clases
Mayo 7, 2007Niños soltando gritos desgarrados, mangueras de lágrimas, papás desesperados sintiéndose entre culpables y estúpidos. No faltan los pulpos que se envuelven desde el suelo alrededor del brazo de la madre. Muchas loncheras de colores y uniformes de estreno dan el contraste en segundo o tercer plano. Así es usualmente un primer día de colegio, y el mío no fue la excepción: aunque no de escándalo, fue sí de una vergonzosa ternura que hasta ahora arrastro. Mi hermano no ha cambiado y me lo sigue recordando con la boca tan abierta que al compás de su pelo me recuerda a algún personaje burlesco cervantino.
Había recibido la humillante misión de llevarme -¿de la mano?- hasta mi salón de clase, dejarme entre algún grupo amistoso de niños que me distrajeran y salir corriendo para evitar ser visto…por sus amigos. Recuerdo que caminábamos en un patio eterno de cemento pulido con algunos rezagos de llovizna, al fondo unos niños, más tempraneros que nosotros, habían ya superado el trauma inicial y hasta parecían servirse unas cervezas para seguir con sus tertulias. Mis piernas me temblaban y mi mano se aferraba más a una mano molesta. Pero la seguridad que me daba.
Recuerdo claramente a uno de los niños, era alto -hasta ahora lo es-, ojeroso y pálido como leche fresca sobre fresas. Hablaba de sus juguetes y miles de cosas extrañas que tenía en su casa. Mi hermano soltaba de repente alguna pregunta de perfil (por cierto, un perfil de aquellos). El niño largo y ojón respondía soberbio y seguía en su historia mientras yo comenzaba a reconocer la realidad: la distancia entre mi hermano y yo iba aumentando de manera casi imperceptible (para mí, claro); era como sentirlo a mi lado, pero de reojo, sólo de reojo.
Fue ese el momento cumbre (de hecho, en algo ayudó que yo estuviera parado sobre la banca escuchando acerca de los juguetes espaciales del niño Montelargo). Sentía miedo, quería abrazar a mi mamá más fuerte que nunca, se apoderó de mí el abandono en esencia concentrada, una sensación que no quisiera sentir más. Con sus ojos casi a la altura de los míos, mi hermano me dijo que ya se iba a clases y que todo estaría bien. Nos despedimos. Su espalda destapó finalmente el abandono dentro de mi estómago; con la barbilla trémula y los ojos ardiendo lo llamé por su nombre. Yo sabía que su regreso no sería por mucho tiempo (su cara me lo decía), por lo que recordé todas las veces que jugábamos juntos a Combate, personificando al Sargento Sanders, Kaje o Kirby. Era el momento de demostrar mi actitud de marine, de actuar como un soldado prisionero que nunca confiesa a pesar de las torturas, de cuadrarme y rastrillar el fusil listo para la lucha. Y así lo entendió mi hermano, hasta que me escuchó: “Creo que voy a llorar. ¿Me puedes dar un besito?”. Combate y todo el entrenamiento de cuartel se fueron a la mierda.
Con el aliento de una señora que leyó -no se si con acierto- la ternura de la escena, me dió el beso con una mirada en trismus que hasta ahora recuerdo. Y así inicié mi vida escolar sin llanto alguno. Aunque no se si fue porque ese hecho me dió rápidamente la confianza para encontrarle el gusto al colegio, o porque hasta ahora gozo del papelón que pasó mi hermano casi a golpes de paraguas de una enternecida señora -creo que esta es la teoría que más me gusta-. ¿Tú qué dices, Droog?







