Me pesaban las manos.
Al fondo la puerta esperaba abierta,
la calle miraba hacia adentro. Husmeaba.
¿Podía entonces haber alguna otra alternativa?
Refrescarse- dije y mis oídos latían.
No había sol. Los autos pasaban,
se les veía más rápidos.
La puerta seguía abierta.
Adentro entre paredes y mucho aire,
un terrible eco y mucho más aire.
Levanté los libros, ¡sardinas!
Sacudí un par de polos blancos,
unos jeans arrugados,
y los eché en mi mochila.
Cómo olvidar mi cuaderno de notas
y ese lápiz mal tajado.
Mis películas –pensé.
El eco se sentía cada vez más.
“Hoy dejo el vecindario”, casi susurrando.
Volví la mirada y de nuevo la puerta,
esta vez la puerta cerrada y arriba una ventana.
Me quedé mirándola sin mucha fortuna
hasta que mi bota golpeó una piedra.
Con la mano llena alcé la mirada,
arriba esa ventana y al hombro mi mochila.







